Capitalismo, libre mercado, democracia y estado de derecho

Central Bank Digital Currency: La moneda digital
4 junio, 2021
Plazo máximo de los contratos administrativos
16 junio, 2021

A dam Smith no solo es el Padre de la Economía si no que como un muy ilustrado intelectual de su tiempo incursionó con valiosos aportes en temas de filosofía moral y política. Son bien conocidas sus ideas sobre el resultado favorable de la acción no consensuada de los productores para satisfacer las necesidades de los consumidores, como si hubiesen sido guiados por una mano invisible. Pero igualmente claros, aunque menos novedosos y contundentes, fueron sus aportes en Teoría de los Sentimientos Morales sobre las ventajas de la simpatía y la empatía que llevan a la solidaridad y a las acciones colectivas.

La vida personal y nuestras sociedades son muy complejas y múltiples factores inciden en el resultado de las acciones individuales y colectivas.

Los economistas debemos recordar que la persona humana es más complicada que el agente que maximiza utilidad y beneficios. Nos lo recuerdan la historia, otras ciencias sociales, la filosofía y hasta varias nuevas ramas que se han desarrollado en nuestra disciplina en las últimas décadas. Los políticos debemos recordar que hay más en las interrelaciones humanas que lucha por el poder. A todos nos conviene tener presente que las personas y nuestras sociedades son muy complejas, y sus instituciones se han ido construyendo gradualmente, y experimentan altos y bajos.

El capitalismo, el libre mercado, la democracia y el estado de derecho son cuatro bloques constructivos de las sociedades con mayor progreso que hemos heredado en el siglo XXI y que han demostrado gran utilidad. Ellos, unidos con diversos grados de perfección, se dan en las sociedades que mayor éxito han alcanzado en bienestar material, paz, vigencia de los derechos humanos y justicia. Estas instituciones de las sociedades contemporáneas no siempre se dan unidas, aunque sus mejores resultados se han experimentado cuando se apoyan unas a otras. Siempre son imperfectas y frágiles, y por lo tanto están sujetas a altos y bajos en su vigencia.

La simultaneidad de su construcción y de los avances en su implementación en los últimos siglos los hacen aparecer como caras de una misma institucionalidad, cuando lo cierto es que se puede dar cada uno con mayor o menor grado de perfeccionamiento sin contar con los otros.

Ni pretendo ni puedo en este espacio tratar de diferenciar esos cuatro elementos perfeccionadores de la vida social de las naciones hoy con mayor progreso. Solo unos brochazos ilustrativos.

El capitalismo generado por la revolución industrial permite la acumulación de capital: las máquinas, edificios, marcas, conocimientos que organizados y unidos al trabajo y a los recursos naturales generan la producción. Puede darse con propiedad colectiva del capital y sin que opere un mercado libre, como en la URSS; o con libre mercado y propiedad privada de los medios de producción como en EEUU y los países escandinavos; o con uso del mercado y principalmente propiedad estatal del capital como en China. El capitalismo y una economía de mercado pueden operar en democracia y con vigencia del estado de derecho como en Alemania o Chile actuales. Pero también pueden operar bajo la dictadura de Pinochet en Chile y en el autoritarismo de Singapur. Tampoco el ejercicio de las instituciones formales de la democracia como la elección de los gobernantes por el voto mayoritario implica la vigencia del estado de derecho como lo ejemplifican la Alemania de Hitler y la Venezuela de Chávez.

Ante la Gran Recesión que sufrimos hace poco más de una década y ante la actual pandemia, abundan las visiones que prevén y desean el cercano final de estas cuatro instituciones.

No muy diferentes eran los clamores de muchos forjadores de opinión en las décadas de 1960 y 1970, aunque entonces la mayoría de los profetas de la futura gran irrupción histórica tenían ideas más concretas sobre el futuro socialista que seguiría al derrumbe de estas construcciones de occidente.

También en América Latina, incluido nuestro querido terruño, se oyen esas voces sobre la inminencia de profundos cambios que transformarán radicalmente nuestra organización política, social y económica. Algunos -principalmente seguidores conscientes del socialismo del siglo XXI o “compañeros de viaje” del Foro de Sao Pablo y el Grupo de Puebla- con alguna visión vaga del futuro que sustituirá nuestra organización actual. Una mayoría solo quieren “que se vayan todos”, quieren un cambio sin tener idea de cómo será la sociedad después. Actúan motivados por la angustia o el miedo a la creciente incertidumbre; por las injusticias que sienten en su contra; por la pérdida de apego a familia, creencias y comunidad que los desarraiga; por los gritos destructivos de las redes sociales que los aturden y a menudo enfurecen.

No puedo ignorar que esos sentimientos contrarios al estatus quo existen, crean enorme desconfianza de los ciudadanos respecto a las élites y respecto al propio conocimiento y a los hechos, y a menudo se justifican.

Pero quienes prevén y desean la desaparición de la democracia, el estado de derecho, el capitalismo y los mercados libres a menudo asumen que son una misma cosa, y que para que la sociedad avance es precisa una suerte de destrucción creativa, para que, de las cenizas de la democracia, el estado de derecho, el capitalismo y los mercados libres surja una futura sociedad de bienestar y justicia.

La construcción de estas instituciones se ha dado gradualmente, con cambios marginales, transformando algunos de sus aspectos mediante prueba y error de manera que se integren al resto del cuerpo institucional. La experiencia histórica nos demuestra que su destrucción lejos de ser creativa de bienestar es madre de injusticias, pobreza y atraso.

No poseemos los conocimientos, la visión ni la capacidad para jugar de ingenieros sociales y construir una sociedad nueva desde sus cimientos.

Al celebrar el bicentenario de nuestra patria no arriesguemos lo construido con previsión y unidad por nuestros antepasados.

El Gran Reinicio posterior a la pandemia exige cambios políticos, económicos, sociales. Pero hagámoslos con enorme cuidado de no debilitar nuestras fortalezas sociales, económicas y políticas.

Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no representan la opinión de la Academia de Centroamérica.

Articulo original de crhoy.com