

C osta Rica es una economía pequeña y abierta al comercio internacional, cuyas políticas comerciales y de atracción de Inversión Extranjera Directa (IED) desde hace cuatro décadas, han consolidado una plataforma de exportaciones para aprovechar el potencial del comercio para el crecimiento económico y el desarrollo sostenible. Más aún, las diferentes etapas que ha transitado el proceso de desarrollo económico del país desde mediados del siglo XIX han estado interrelacionadas, de distintas maneras, con el comercio internacional.
Después de la crisis económica de inicios de los 80s, el país transitó hacia un modelo consistente con el aprovechamiento de sus ventajas comparativas y el fortalecimiento de las ventajas competitivas, enfocado en la apertura comercial. Esto ha impulsado la transformación productiva, el posicionamiento en varias de las principales Cadenas Globales de Valor (CGV), la creación de empleos de alta calidad, y el crecimiento de la productividad. Por otro lado, a la vez que Costa Rica consolidaba su adhesión al GATT y la Organización Mundial del Comercio (OMC) en los 90s, el país detuvo desde hace tres décadas la apertura unilateral, para centrarse en la exitosa negociación de acuerdos comerciales.
La política comercial ha tenido numerosos impactos positivos en la economía costarricense. Sin embargo, no ha estado exenta de detractores. Por una parte, grupos de presión que pueden verse afectados por el libre comercio internacional, despliegan su influencia política para evitar la apertura y mantener actividades productivas bajo el proteccionismo con barreras arancelarias y no arancelarias (un estatismo corporativo a favor de empresas o industrias particulares). Por otro lado, grupos de interés con posiciones ideológicas que adversan la liberación económica y el funcionamiento de los mercados globales, en la academia, el aparato estatal, y otras organizaciones de la sociedad civil, mantienen sus cuestionamientos.
Pese a esto, la política comercial mantiene su norte, con apoyo mayoritario a nivel político, empresarial, y social. Si bien el comercio internacional genera ganancias para un país como un todo, lo cierto es que internamente pueden darse “ganadores” y “perdedores” ante los cambios en la asignación de recursos productivos entre diversos sectores productivos y en segmentos del mercado laboral (especialmente según el nivel de educación de los trabajadores). Esto no resta relevancia estratégica a la apertura comercial para un país como Costa Rica. Más bien, resalta la importancia de dimensionar claramente los alcances de la política comercial y su papel estratégico para el desarrollo.
El sistema productivo del país muestra características de una economía “dual” compuesta por un grupo de empresas con altos niveles de productividad (principalmente exportadoras, vinculadas con Cadenas Globales de Valor y la Inversión Extranjera Directa), que coexisten con una mayoría de empresas que operan en el mercado local, con baja productividad y alta informalidad. Esta dualidad productiva es resultado de las debilidades del entorno para la competitividad y el crecimiento empresarial, por políticas públicas mal diseñadas. La apertura comercial ha remarcado dicha dualidad, no la ha ocasionado. Las ventajas del comercio internacional han sido aprovechadas por sectores que se han dinamizado gracias a su integración con la economía global. Contrariamente, la falta de políticas de desarrollo productivo para el “resto” de la economía ha impedido logar mayores niveles de productividad, más empleos de calidad, y crear las condiciones para un desarrollo más inclusivo.
Para continuar el camino exitoso del país en los mercados globales, dos temas merecen atención. Primeramente, Costa Rica requiere fortalecer el trabajo de diversificación de su oferta exportable (margen extensivo). La diversificación de la oferta exportadora contribuye a fomentar la competitividad internacional y la dinámica de las exportaciones. La inteligencia de exportaciones debería enfocarse en incursionar nuevos mercados, crear nuevos exportadores, exportar nuevos productos y servicios a nuevos mercados, y apoyar empresas exportadoras innovadoras.
En adición a lo anterior, se debería fortalecer la apertura comercial con la eliminación gradual (en cuatro años) de todas las barreras arancelarias a las importaciones, para llevar el arancel promedio a un valor de cero. Es decir, conviene completar el proceso de apertura comercial unilateral pausado a inicios de los 90s, debido a su efecto negativo sobre los consumidores y al sesgo en contra de las exportaciones que provoca dicho proteccionismo, persistente para varios productos, insumos y bienes intermedios, principalmente agrícolas y agroindustriales. Ante los efectos sobre los ingresos fiscales de esta medida, la reducción equivalente del gasto público sería la vía complementaria, para consolidar la apertura comercial y a la vez contribuir con el balance fiscal.
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Publicación original en crhoy.com (28/11/2023)