La trampa de los ingresos medios

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S i se puede progresar, pero no es tan fácil alcanzar el desarrollo de una sociedad política y económicamente inclusiva, donde sus ciudadanos generen y disfruten muy altos niveles de bienestar.

La Revolución Industrial vino a derrumbar la certidumbre de que la pobreza estaría ahí para siempre para todas las personas, salvo los pocos que detentaban el poder. Con el crecimiento económico que generó, hizo que en casi todos los países los niveles de ingreso disponible crecieran mucho, y un puñado de naciones alcanzó el desarrollo. Se demostró que el progreso es posible.

Pero el desarrollo es una meta complicada.

Desde la II Guerra Mundial un buen número de naciones, incluyendo muchas de las latinoamericanas entre las que estamos, han alcanzado niveles medios de desarrollo (definidos como aquellos con ingresos entre $9.000 y $22.000). Pero ninguna en nuestra región y pocas en el mundo han logrado superar esa etapa. No es lo mismo crecer integrándose a los mercados mundiales y a sus cadenas globales de valor cuando se parte de niveles muy bajos de producción por habitante y con salarios muy reducidos, que hacerlo cuando esos salarios gracias al crecimiento ya se han elevado, y los incrementos de productividad no son suficientes para compensarlos, haciendo muy difícil expandir sus exportaciones.

En la primera década de este siglo parecía que las naciones de ingresos medios en América Latina estaban dando ese salto, encabezadas por Chile, y propulsadas por las reformas favorables de ortodoxia fiscal y monetaria, de apertura al comercio exterior, de liberación de sus mercados y del disfrute de altos precios de los productos básicos.

Pero en los últimos años hemos vivido el desencanto que surgió de los gobiernos populistas, de la caída de los precios de las materias primas, de la falta de acuerdos políticos para profundizar las reformas económicas y de ausencia de las transformaciones de los estados que son necesarias para incrementar más aceleradamente la productividad; y también de la desaceleración de la economía y el comercio mundiales.

Alejandro Foxley es un economista chileno. Como Ministro de Hacienda del Presidente Patricio Aylwin, como Presidente de la Democracia Cristiana de su país y como senador, colaboró intensamente con la muy exitosa transición a la democracia, manteniendo el rumbo de la política económica de mercado.

En 2012 publicó su libro “La Trampa de los Ingresos Medios. El desafío de esta década para América Latina” en el que señala que “La trampa consiste en la dificultad de sostener por más de una década crecimientos superiores a 5%, acompañados de reducción de las desigualdades y de consolidación perfeccionamiento de las instituciones democráticas.” Estudia la situación de economías de ingresos medios en América Latina, Asia y Europa del Este y las compara con las que han vencido la trampa.

Las naciones que lo logrado han seguido políticas económicas diversas en sus detalles pero congruentes con la estabilidad monetaria y fiscal, la apertura al comercio exterior, el respeto al sistema de incentivos y de precios de los mercados y cuentan con instituciones que garantizan la propiedad y la ejecutoriedad de los contratos.

Recientemente Foxley escribió “La Segunda Transición” continuando sus aportes sobre este tema.

En este nuevo libro nos confirma 3 condiciones que han cumplido países exitosos en esa segunda transición como Finlandia, Irlanda y Australia: 1) Una reforma de la educación para hacerla pertinente al desarrollo de las habilidades técnicas, literarias y científicas que demanda el desarrollo; 2) Una reforma del estado para hacerlo eficiente en el uso de recursos y en la satisfacción de las necesidades de ciudadanos y empresas atrayendo a los mejores ciudadanos, no manteniendo una burocracia fosilizada, con efectiva regulación que propicia la iniciativa y la invención privadas, y con capacidad y fuerza para reinventarse continuamente, y 3) Acuerdos entre los principales actores sociales para llevar adelante las transformaciones requeridas.

Esos son retos fundamentales que se satisfacen poco a poco, gradual y progresivamente a través de un tiempo que va mucho más allá de un solo período presidencial. Analizando la frecuencia y duración de los períodos de alto crecimiento económico (más de 5% anual) en países desarrollados y en desarrollo, se ha establecido que en Latinoamérica el inicio de esas rachas de crecimiento no es inferior en su número a las de otras regiones, pero su duración si lo es. Su duración en nuestra zona es hasta un 50% menor al de otras regiones.

¿Estamos en Costa Rica avanzando en esas tres áreas que Foxley indica son necesarias para vencer en democracia la trampa de los ingresos medios?

Desdichadamente no.

En calidad y pertinencia de la educación para crear habilidades numéricas, literarias y científicas estamos muy rezagos según las pruebas de PISA. Nuestra educación secundaria no da la talla, y a pesar del inmenso aumento en el gasto educativo ni seleccionamos adecuadamente a los profesores, ni les damos acompañamiento al inicio del arte de enseñar, ni los supervisamos. No hemos adaptado la educación técnica a las nuevas realidades de aprendizaje permanente, ni las hemos acercado a la demanda empresarial.

Nos hemos quedado vergonzosamente rezagos en infraestructura; la función reguladora del estado es débil (son ejemplos la incapacidad de sectorizar el transporte público y de aplicar adecuadamente la planificación urbana) y no volvimos a poder avanzar en alianzas público privadas. En innovación seguimos muy atrasados especialmente en las áreas de la economía tradicional para el mercado interno agrícola, industrial y de servicios.

A pesar de la fragmentación partidaria seguimos con un sistema presidencialista en el que no se logran acuerdos (no obstante las propuestas para ir a un sistema semi-parlamentario que presentamos desde el gobierno en 2001 y que reafirmó la Junta de Notables de Doña Laura, y que no han siquiera ameritado discusión), y necesitamos un gran acuerdo nacional para poder encaminarnos al desarrollo, vencer la trampa de los ingresos medios y no sucumbir a una crisis originada en los desbalances fiscales. Necesitamos construir una visión de futuro compartida, pero el Acuerdo Nacional entre los Partidos Políticos con Representación Legislativa, acordado este año, no forma parte de la realidad nacional. El último proceso con algunos importantes éxitos en la creación de acuerdos fue la Concertación Nacional de 1998.

La actual campaña electoral a pesar de los esfuerzos de algunos candidatos no debate sobre estos temas y menos construye soluciones.

¿Seremos capaces de enfrentar con seriedad nuestros retos en las 7 semanas que faltan para las elecciones?

¿Sabremos los ciudadanos escoger dirigentes comprometidos de verdad con programas que permitan el progreso del país y disminuir la pobreza y la desigualdad y cuenten con equipos y condiciones personales para ponerlos en ejecución, o se preferirán los que realicen más demagógicos ataques y apelen con mayor fuerza a la envidia, la frustración y el resentimiento?

Articulo original de CRhoy