

E n los últimos años, la brecha entre lo que pensamos los hombres y lo que piensan las mujeres ha venido creciendo. Sobre todo, paradójicamente, entre los más jóvenes.
En España, por ejemplo, un 51.8% de los jóvenes entre los 16 y los 24 años están “muy” o “bastante de acuerdo” con que “se ha llegado tan lejos en la promoción de la igualdad de las mujeres” y que ahora se les está discriminando a ellos. Entre la población femenina: el porcentaje fue del 32,5% (ver Encuesta del CIS, sobre las percepciones de la igualdad entre hombres y mujeres y estereotipos de género, publicada en enero del 2024).
Aunque los números difieren un poco (hacia arriba y hacia abajo), la brecha entre ambos géneros es también visible en 27 países europeos. Muchos jóvenes (hombres) comparten la tesis de que “el avance en los derechos de las mujeres y de las muchachas ha ido muy lejos porque amenazan las oportunidades de los hombres y de muchachos”, mientras que son mucho menos las mujeres las que comparten esta tesis. Eso no parece ninguna sorpresa, lo más destacable es que los más jóvenes son más antifeministas que los hombres mayores, lo que parece contradecir la noción popular de que cada generación es “más progresista” que la anterior. La misma tendencia se observó en Estados Unidos, China y Corea del Sur (ver The Economist, Mar 13th 2024, “Why young men and women are drifting apart. Diverging worldviews could affect politics, families and more”).
Esas diferencias de percepción, se traducen normalmente en visiones políticas, familiares y sociales diferentes, las que prácticamente no se plateaban a principios de este milenio (las diferencias entre géneros, por ejemplo, no eran perceptibles en lo político). De hecho, en los países desarrollados, las mujeres tienden hoy a votar más hacia la izquierda y los hombres más hacia la derecha (asumiendo parámetros de medición relativamente objetivos de esas tendencias).
Se dirá que los hombres y las mujeres siempre hemos visto el mundo de diferente manera y se agregará que los hombres somos de Marte y que las mujeres son de Venus. Por mi parte, no entro en disquisiciones planetarias ni históricas, pero sí destaco que lo que revelan los más recientes estudios es que, bien o mal que nos pese, las diferencias en opiniones políticas se han ampliado y que cuanto más jóvenes son las mujeres, más feministas o “progresistas” parecen, y que cuanto más jóvenes son los hombres, más antifeministas y más conservadores parecen.
Destaquemos que ambas partes tienen argumentos a favor de sus distintas percepciones. Las mujeres dirán, con razón, que ellas tienen mucho más dificultades para compatibilizar las obligaciones laborales y familiares. En España, por ejemplo, ellas ocupan casi tres horas de media al día, mientras que ellos únicamente dos horas en labores del hogar. Y si ellas ocupan una media de 6,7 horas al día al cuidado de los menores, ellos ocupan 3,7 horas. Agregarán que ellas tienen menores oportunidades laborales y que sus ingresos promedio son menores. Y en cuanto a la discriminación por razón de sexo en el trabajo, un 9,7% de las mujeres afirma haberlo presenciado, frente a un 5,4% de los hombres (estos últimos datos son de España, ver El País, 15 de enero de 2024).
Los hombres dirán, con razón, que ellos se ven obligados a entrar anticipadamente en el mercado laboral (empiezan más jóvenes), que trabajan en promedio 17% más horas a la semana (ver estudios de la OIT) y que tienen que esperar más años para pensionarse que las mujeres (en Costa Rica, la diferencia es de 2 años, en Polonia es de 5 años), a pesar de que sus esperanzas de vida son significativamente menores (vivimos entre 4 y 6 años menos que las mujeres). Las hombres dirán, también, que no existen los mismos incentivos para mantenerse en los colegios y completar carreras universitarias, que las mujeres y que, por ello, desertan más y acceden menos a las universidades.
Las mujeres dirán que en el seno familiar ellas son las que soportan las mayores agresiones (son la mayor parte de las víctimas intrafamiliares) y los hombres dirán que ellos son los que soportan las mayores agresiones fuera de los hogares (89% de las víctimas mortales, según las estadísticas de homicidios).
Y si hablamos de piropos, casi la mitad de los hombres creen que “siempre es agradable recibir uno”, pero más un 60% de las mujeres están en contra de esta afirmación (y solo el 35% la comparte). Y ya sabemos que los deportistas (hombres) tienen más oportunidades de trabajo y ganan más que las deportistas, pero también sabemos que las modelos (mujeres), tienen mucho más oportunidades de trabajo y ganan más que los modelos (hombres).
Para ser justos, no deberíamos ahondar en esas diferencias y, más bien, ellas deberían invitarnos a tratar de combatir aquellas que son construidas socialmente (en sentido amplio).
Aunque podría ayudar en esa tarea, anotemos para empezar que no basta con garantizar la igualdad de género en los puestos de poder y en los parlamentos. De hecho, no parece existir relación entre la igualdad de género en desarrollo humano (según el PNUD) y el porcentaje de representación en los Parlamentos. En nuestro continente, por ejemplo, 4 de los 5 países más equitativos en materia de género (Canadá, Estados Unidos, Uruguay y Chile), tenían baja proporción de mujeres en el Parlamento (entre el 21% de Uruguay y el 28% de Canadá). Únicamente Costa Rica, se tiene buena calificación en igualdad de género y una composición casi paritaria en la Asamblea Legislativa (más del 45% de los escaños de su Asamblea Legislativa son ocupados por mujeres). En cambio, países prácticamente paritarios en representación parlamentaria como Bolivia, Nicaragua o México (o Ruanda en África), tienen bajos niveles en igualdad de género.
Más allá de esos datos, algunas propuestas deberían practicarse en ambos sentidos. A favor de las mujeres, promover que los hombres asuman más sus roles de paternidad y de cuidado para que las cargas en el seno de los hogares sean más equitativas. Promover mayores opciones de cuido para que las madres no se vean obligadas a abandonar sus carreras laborales. Pero al mismo tiempo, no ahondar en los problemas que separan más a los hombres de las mujeres (en la realidad y en sus aspiraciones). Del lado de los hombres, por ejemplo, promover que las escuelas y colegios apoyen más a los muchachos rezagados (adaptaciones curriculares que tomen en cuenta sus particularidades, si es necesario). Hay, inclusive, quien ha sugerido promover y contratar más maestros hombres y hasta permitir que los muchachos puedan entrar un año más tarde a las escuelas, puesto que ellos maduran más tarde que las muchachas (Mr. Reeves, ver The Economist, op. cit.).
Conviene impulsar la “desegregación” del mercado laboral en ambas direcciones (no solo a favor de una dirección), de manera que mientras mantenemos programas de promoción de las mujeres en las ciencias y tecnologías (carreras STEMS, típicamente masculinas), también promovamos que los hombres puedan acceder a trabajos que todavía son típicamente femeninos como las tareas administrativas, las de educación o las de salud.
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Publicación original en crhoy.com (18/03/2024)