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D espúes de la gran recesión financiera mundial del 2008, la economía costarricense mostró algunos indicadores positivos, pero a lo largo de la última década el balance global es negativo y decepcionante. Es uno de los países que menos avanzó en América Central, superado incluso por Nicaragua y Guatemala, para no mencionar a Panamá. La inquietud que surge es porqué se presentaron estos escuálidos resultados si no experimentamos ninguna crisis macroeconómica, dispusimos de abundantes recursos externos y la economía mundial observó un favorable comportamiento.

Como parte de los indicadores positivos sobresalen la reducción de la inflación, la apreciación del tipo de cambio real, el control del déficit en cuenta corriente/PIB y las mayores reservas monetarias internacionales. Sin embargo, no ha existido estabilidad macroeconómica en un sentido amplio, pues el déficit fiscal/PIB, la deuda pública/PIB y las tasas reales de interés se incrementaron significativamente. De presentar el Gobierno un balance presupuestario y una deuda/PIB del 25% en el 2008, se pasó este año a estimaciones insostenibles del 7% y del 55%, respectivamente.

El buen comportamiento de la inflación y del tipo de cambio se atribuye fundamentalmente a factores externos como la baja inflación mundial y la gran abundancia de recursos explicado por las políticas monetarias expansivas y las bajas tasas de interés de los bancos centrales de los países desarrollados; el elevado endeudamiento de los sectores público y privado; los bajos precios del petróleo y otras materias primas; y los altos volúmenes de inversión extranjera directa. Recientemente el BCCR se endeudó con el FLAR por un monto de $1.000 millones. Estas grandes entradas netas de capital ayudaron a financiar los abultados desbalances internos y a mantener el tipo de cambio.

Las favorables condiciones financieras externas e internas, paradójicamente, no contribuyeron a acelerar el crecimiento económico, ni a mejorar la calidad de vida para las grandes mayorías. El crecimiento del PIB ha venido desacelerándose, el desempleo se elevó a casi 10%, la informalidad abarca el 40% del empleo, la pobreza se ha mantenido alrededor del 20% y la distribución del ingreso se deterioró. En los estratos más bajos el desempleo supera el 20% y la informalidad el 75%. En las mujeres, en los jóvenes y en la zona rural los indicadores son muy desalentadores.

Con pesar hay que reconocer que la baja inflación y la estabilidad del tipo de cambio no produjeron beneficios de consideración para el desarrollo económico y social de la población. Se convirtieron en un fin en sí mismo, con resultados globales adversos y muy excluyentes. Fuimos víctimas de una especie de enfermedad holandesa y de la paradoja de la abundancia. La gran cantidad de recursos externos permitió financiar el consumo público y privado más allá de nuestras posibilidades. No se aprovechó la coyuntura para incrementar la inversión física, ni realizar reformas tendientes a mejorar la eficiencia y competitividad.

Efectivamente todo se conjuntó para tener los efectos más perniciosos de este fenómeno. El exceso de recursos externos modificó los precios relativos en favor de los servicios y en contra de las actividades con mayor valor agregado nacional. Durante este período se aceleró la contracción de la agricultura y la industria tradicionales. Como consecuencia, los principales afectados están vinculados con esos sectores, las zonas rurales y las personas con menos nivel educativo. La necesidad de mantener elevadas las tasas reales de interés, para atraer capitales, encarecieron los créditos en moneda nacional para esos sectores.

Ante una situación de esa naturaleza no se adoptaron las acciones correctivas apropiadas; al contrario, las medidas más bien resultaron contraproducentes para mitigar sus efectos. En vez de generar ahorros en el sector público, reducir las tasas de interés, invertir en infraestructura, mejorar la calidad de la educación, eliminar la tramitología, incrementar la competencia y aumentar la eficiencia de los servicios públicos, se aprovechó para incrementar desmedidamente el gasto público corriente, especialmente en remuneraciones. Estas políticas, junto con el financiamiento externo requerido, resultaron lesivas y exacerbaron los efectos negativos de la denominada enfermedad holandesa.

Ahora que las condiciones externas están cambiando y el desequilibrio interno es insostenible, los impactos negativos son más visibles. Se ha reducido la tasa potencial de crecimiento, somos más dependientes de los flujos externos, las tasas reales son cada vez mayores y nos han reducido las calificaciones soberanas. Se generó una deuda con algunas poblaciones y los grupos beneficiados durante la bonanza no están dispuestos a poner su cuota de sacrificio. El país está en una encrucijada y se requieren decisiones inmediatas. Las soluciones han sido sugeridas atinadamente por los estudios publicados recientemente por la OCDE. Es necesario alcanzar el equilibrio fiscal y retomar las reformas microeconómicas para aumentar la competitividad nacional.

Articulo original de CRhoy

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